Después de tanto tiempo logré coger tu mano.
Caminamos unos pasos más y me pediste que metiera la mano en el bolsillo de tu abrigo, empezaba a hacer frío: ¡vale! te dije con entusiasmo oculto. Las sensaciones recorrieron un largo espacio de tiempo para desintegrar de un plumazo todas las cosas que separaban el antes y el ahora: tu boca, la foto de la salita y un beso inexistente. Cambié mi reino por tu mano. ¡¡Mis ropas son tus ropas!! Con esta liturgia preparamos el comienzo.
