Seguidores

viernes, 21 de febrero de 2014

Tu mano

Después de tanto tiempo logré coger tu mano.
Caminamos unos pasos más y me pediste que metiera la mano en el bolsillo de tu abrigo, empezaba a hacer frío:  ¡vale! te dije con entusiasmo oculto. Las sensaciones recorrieron un largo espacio de tiempo para desintegrar de un plumazo todas las cosas que separaban el antes y el ahora: tu boca, la foto de la salita y un beso inexistente. Cambié mi reino por tu mano.  ¡¡Mis ropas son tus ropas!! Con esta liturgia preparamos el comienzo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

BICHITO

Un bichito diminuto trepó por mi espalda una mañana,
sin aparente intención.
Hizo suya mi nuca, primero.
Subió más arriba, después,
y desplegó sus armas en mi cabeza:
inoculó en ella todo el océano, de dudas.
Un agradable desorden campa hoy en mi pecho donde,
un bichito diminuto decidió establecer su cuartel general

HUELLAS

Dejar la impronta en unos folios inmaculados.
Quizás es un acto que no tiene importancia, seguro que no.
Los dedos mancillados de tinta que no se desprende.
Pero valió la pena el intento, 
a pesar de las circunstancias,
en un día como este, tan reivindicativo.
Yo tenía cinco años,
y recuerdo aquel pez al que corté la cabeza.
Fue en Narbona. Sólo tenía cinco años.
¿Quedará algún rastro de aquel crimen?
Lo siento, pez.

ESPIRAL

A la hora en que el silencio se expande
yo me extiendo sobre mi mesa,
como un gato gordo y aburrido.
Ocupo cada accidente, cada hueco en ella.
Lanzo bolas de papel a los fantasmas que me pretenden.
Soy el pequeño rey de un reino diminuto
donde las espirales no giran.
Espero el paso de un tropel de caballos
para echarme a sus pies.




miércoles, 14 de marzo de 2012

LINDO


Hoy como ayer no tengo ganas de hacer nada, sólo estar aquí sentado, frente al fuego, con la botella en la mano y de vez en cuando empinar el codo.
Comprendo hoy más que nunca a aquel señor de frágil equilibrio al que insultábamos en la calle: “Lindo” le llamaban. --¡Lindo, borracho!-- le gritábamos.  Fuimos crueles y fuimos niños. Todas las noches salía del mismo bar con unas botellas bajo el brazo. El “  Lindo ” le llamaban. Ay, que vida esta.
Se está bien al abrigo del sopor.   Hoy soy consecuente con mi estado de apatía generalizado, ¿o no? Mientras tanto Tchaikovsky me observa desde una estantería; Interpreta la “patética”. Es una música excelente para una escena en blanco y negro.
El fuego me toca los pies, un poco. Me levanto y me miro en el espejo: labios carnosos. ¿Son míos esos labios? Cada día descubro una línea. He de esconder espejos.  Deseo una superficie helada para mí. Aquel gato sí tenía la mirada perdida, y yo con mi cuchillo de explorador intentando rescatársela y..., murió
Me emocioné al comprobar esas fechas en que era feliz, y casi lloré. Un sol radiante en esa primavera en la que paseaba con mi gato y tú conmigo. Bach si que es un dios:
MISERICORDIA.
Se me difumina la oscuridad... y el alma.     

RAQUEL


Mi sobrina tenía cuatro años, y allí estaba pegándome unas buenas bofetadas:                                                                                                                                                                           
--¡Pégame! -- le gritaba--¡pégame  más!
  Y ella con la cara encendida de rabia no paraba de golpearme con todas sus fuerzas  hasta que se agotó.  Yo acabé con la cara colorada, pero fue ella quien lloró al final.  Estaba aterrorizada por la escena. Yo sabía aquello y fue una buena venganza.                                                               

CELOFÁN


  1. Gentes envuelta en plástico celofán sentada en un inmenso sofá de terciopelo rojo. Estaban amordazados con retales mugrientos.  La estancia era grande y todos miraban hacia arriba para ver las estrellas a modo de planetario. De pronto un estruendo enorme y todos parecieron volverse locos:  ojos desorbitados,  las velas rodaron por el suelo pero no se apagaron, no hubo manchas. Un gato salió disparado de la habitación con  miedo en su mirada, y yo allí, con los miembros paralizados y agónico. Mi cabeza se separó del cuerpo hasta casi no verla, estaba muy arriba, sin capacidad de hacer cálculos. Temí caer y me aferré a la cola de un caballo que pasaba por allí. Vi a mi abuela que no me saludó, estaba rígida en su ataúd. No me importó que la vecina de abajo apagara un cigarrillo en el ascensor. Un olor agradable me llevó hasta una fábrica de cremas para el calzado y allí establecí mi cuartel general, hasta hoy.