Un bichito diminuto trepó por mi espalda una mañana,
sin aparente intención.
Hizo suya mi nuca, primero.
Subió más arriba, después,
y desplegó sus armas en mi cabeza:
inoculó en ella todo el océano, de dudas.
Un agradable desorden campa hoy en mi pecho donde,
un bichito diminuto decidió establecer su cuartel general

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